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Ayudando a nuestros hijos a regular sus emociones

Ps. María José Palmero / Chile
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Las emociones no se controlan, simplemente nos habitan. Lo que sí podemos hacer es aprender a regularlas y así controlar el comportamiento. La Psicóloga María José Palmeros propone 4 pasos para que los niños logren la autorregulación emocional.

 

¿Cómo regular las emociones de nuestros hijos?


¿Te pasa que tu hijo está presentando pataletas y berrinches? ¿No sabes cómo hacer para que deje de gritar o llorar? ¿Te sientes sin herramientas como padres para poder manejar esas situaciones? En el siguiente artículo te contamos de qué manera puedes ayudarlo a manejar sus emociones.

 

Siempre como adultos, esperamos de los niños que se calmen cuando están desregulados. A veces, incluso les damos la instrucción en medio de sus llantos, gritos y pataletas, pero a muchos padres les pasa que no entienden qué es lo primero que se podría hacer, ¿será posible regular algo que no conocemos? Por eso queremos que sepas que: l primer paso es la consciencia emocional.

 

Es importante saber cuál es la definición de emoción; según la Rae, es una alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática.

 

 

La psicóloga María José Palmero, menciona que las emociones son manifestaciones fisiológicas de necesidades, que movilizan la acción para adaptarnos a las diferentes situaciones, y tienen un correlato en el pensamiento. Son intensas y así como vienen, se van. Desde nuestra infancia hemos aprendido que no todas las emociones son buenas y que las “malas” no hay que sentirlas.

 

Comúnmente, cuando nos encontramos con otra persona y le preguntamos cómo está, la respuesta generalmente es “bien”. Si tenemos un poco de confianza o estamos muy aproblemados respondemos “mal”, sin que el otro sepa muy bien qué hacer o decir. Esto es reflejo de lo analfabetos emocionales que somos. En general, en la cotidianeidad reconocemos un promedio de 3 a 5 emociones para explicar cómo nos sentimos. En los mejores casos pueden ser 10.

 

Muchas veces identificamos incorrectamente lo que sentimos o definitivamente no podemos reconocerlo en absoluto. Esto es un gran problema y responde a la falta de educación emocional que hemos recibido desde nuestra infancia. Si fuéramos más capaces de reconocer qué sentimos, tendríamos a la mano una poderosa herramienta para gestionar nuestras emociones y nuestro comportamiento.

 

La anhelada gestión emocional que esperamos que logren los niños, implica, entre otras cosas, un acto de voluntad, acción consciente e intencionada de administrar las emociones y consecuentemente la conducta. Este es un tremendo logro que conforme a la maduración cognitiva, requiere de acompañamiento y entrenamiento, que mientras más temprano ocurra, antes podrá alcanzarse.

 

Entendiendo esto, ¿qué es lo primero que debemos hacer para que los niños aprendan a regular sus emociones? Necesitamos identificar lo que sienten, ya que no se puede regular lo que no se identifica. Al alfabetizar emocionalmente a los niños, ellos aprenderán gradualmente a identificar y lo que sienten, para luego poder regular. Por el contrario, cuando no acompañamos a los niños en este proceso, resulta mucho más difícil que alcancen la regulación, acarreando una serie de consecuencias, como daños en la autoestima, desgaste del vínculo con el adulto, fractura de su confianza, entre otros.

 

Para entender mejor cómo funcionan las emociones vamos a poner como ejemplo a una cazuela o sopa de carne donde flotan varios elementos. Cuando cocinamos este plato, lo hacemos con los ingredientes que tenemos a la mano, algunos la cocinan con un trozo de zapallo, choclo, arroz, otros con polenta o fideos. Pero lo que no puede faltar es el osobuco, ese trozo de carne con hueso que le da el sabor predominante al caldo. La experiencia emocional también es así: las emociones se mezclan. Muchas veces enfrentamos varias emociones juntas, pero hay una que predomina, que sobresale. Por ejemplo, cuando nos sentimos ansiosos, el osobuco de nuestra cazuela es el miedo. Entonces en la ansiedad predomina el miedo, la sensación de estar alerta por lo que pueda pasar. Además, esta cazuela puede tener un zapallo (representando la rabia), cilantro (representando la pena), etc.

 

Ahora que entendemos cómo funcionan las emociones, te damos los pasos a seguir para que sepas que hacer frente a una reacción emocional y así ayudar a tu hijo a que pueda regularse:

1. Identifica la emoción predominante. 

Al preguntarle lo que le sucede, te dirá lo que le pasa y la idea es que le pongas nombre a eso que está sintiendo. Fíjate en la cara que pone el niño cuando está desregulado. Darwin y Paul Ekman sistematizaron cómo la expresión facial representa estados emocionales. Cuáles son las caras de rabia, de pena, de miedo, etc

 


2. Reconoce la necesidad de fondo

Las emociones son manifestaciones fisiológicas de necesidades que movilizan la acción para adaptarnos a las diferentes situaciones, están relacionadas con el pensamiento, son intensas y así como vienen, se van.

 

Todas las emociones tienen un motivo para ser sentidas. Dado como el cerebro interpreta los estímulos, activa ciertas áreas que emiten ciertas sustancias, asociadas a diferentes emociones. Cuando los niños se desregulan emocionalmente y manifiestan una pataleta o berrinche, están experimentando emociones desagradables, al igual que los adultos, pero no siempre entendemos para qué sirven esas expresiones emocionales. Sentimos rabia cuando necesitamos poner límites y hacernos valer. Sentimos pena cuando necesitamos comprender alguna pérdida y sentimos miedo, cuando necesitamos protegernos. Por eso, tendemos a experimentar impulsos como correr o escondernos: pregúntate qué está necesitando el niño que está frente a ti. El poder reconocer la necesidad de fondo, te ayudará atender esa necesidad y que baje o desaparezca el berrinche.

 

 


3. Refléjale la emoción

Esta parte es vital porque es la primera parte del modelamiento de habilidades socioemocionales. Implica decirle al niño lo que está sintiendo o necesitando. De esta manera alfabetizamos emocionalmente, es decir, el niño aprende a poner en palabras lo que siente. De esta manera, los ayudamos a que ellos también sean más comprensivos y así desarrollar empatía. Cuando los niños son bebés y lloran, naturalmente intentamos encontrar el motivo de la desregulación y la necesidad asociada y les explicamos. Pero cuando crecen dejamos de hacerlo, porque dejamos de creer que somos la fuente de su regulación emocional y esperamos que autónomamente lo hagan. Cuando un niño se desregule, dile “entiendo que tengas rabia, veo que esto te asusta. Me parece que te dio pena lo que pasó y TIENES TODO EL DERECHO”.

 

 

4. Ponle límite dando alternativas

Ahora bien, esto no implica que puede tener comportamientos inadecuados, por eso hay que poner límites a los niños. Para esto, es fundamental hacerlo luego del reflejo emocional: “entiendo que tengas rabia porque Carlos te quitó ese juguete, pero no puedes pegarle a Carlos”.

 

Esto es muy importante y es el mensaje que debemos transmitir a los niños: está bien lo que sientes, pero no está bien hacer cualquier cosa con lo que sientes. Por ejemplo: “Veo que te dan ganas de pegarle a Carlos, pero eso no está bien. Si te dan ganas de pegar, puedes pegarle a este cojín o a ...” Cuando pones límites a la conducta, debes dar una alternativa que permita resolver la necesidad, reconociendo la emoción: “de nuevo tienes susto a la oscuridad, prendamos una luz bajita para que puedas descansar sin miedo” o “sé que te da pena que me vaya a trabajar, yo también quiero estar contigo. Cuando nos veamos más tarde, vamos a jugar a tu juego favorito”.

 

 

¿Cuál es el osobuco de mi cazuela, el osobuco de la cazuela del niño? ¿Qué está necesitando al expresar esa emoción? Los niños no viven manipulando a los adultos, simplemente despliegan las estrategias que tienen disponibles y que han aprendido para alcanzar sus deseos y cubrir sus necesidades. Puede que consideres irrelevante o innecesario que el niño quiera ese juguete en el supermercado, comer dulces, o ver pantallas, pero desde la óptica de tú hijo, hace sentido que lo desee. El punto está en que no es saludable todo lo que desea, y ahí estás tú para enseñarle.

 

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